Noel Gallagher en La Riviera – Reiniciando la genialidad

Posted on 29 noviembre, 2011

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Ese cosquilleo en el estómago. Esa sensación que uno, ante su ignorancia real, solamente alcanza a relacionar con la que se debe sentir al volar. Esas lágrimas de emoción en los ojos. Esos gritos. Esos aplausos. Todos estos síntomas, tan efímeros como ocasionalmente memorables, son los que se podían adivinar en el rostro de las 2.500 personas que abandonaban la sala madrileña de La Riviera tras el concierto que ofreció el pasado sábado Noel Gallagher. El que fuera líder de una de las bandas más importantes de la pasada década, Oasis, aterrizaba por primera vez en España para defender su primer trabajo en solitario, el sobresaliente ‘Noel Gallagher’s High Flying Birds’ ante un público rendido desde el momento en el que las luces se apagaron y la figura del británico apareció ante los primeros rugidos.

Precedida por una versión psicodélica y electrónica de ‘If i had a gun’, el mayor de los Gallagher optó por continuar la dinámica que está siguiendo a lo largo de esta gira, mezclando la práctica totalidad de canciones de su nuevo disco con clásicos y caras b de su antigua banda, una decisión que aporta un equilibrio apabullante a lo largo de la hora y cuarenta minutos de actuación, sirviendo además para dar la razón a todos aquellos que sitúan sus nuevos temas a la altura de las joyas firmadas en el pasado. Porque no hay que olvidar que todas aquellas canciones que marcaron a una generación venían firmadas por Noel, el genio tras la sombra del carismático Liam, hermano pequeño y frontman inesperado, con el que la crítica y público ha empezado en los últimos meses una desigual batalla entre quién saldría victorioso tras la ruptura de la banda madre. Si quedaba alguna mínima duda tras escuchar el estreno de Liam al frente de Beady Eye y el de Noel, todas terminaron por disiparse tras el recital madrileño orquestado por éste último.

Comenzar con una canción como ‘(It,s good) To be free’ (‘Es bueno ser libre’)supone, más allá de un ejercicio de nostalgia certero para captar a todo el público desde el primer minuto, toda una declaración de intenciones, la confirmación de que Noel se ha quitado un peso de encima al decir adiós a sus viejos compañeros. La trepidante ‘Mucky Fingers’ dio paso a ‘Everybody’s on the run’, la mejor canción de ‘High Flying Birds’, que suplió la orquesta de su versión en estudio por contundentes guitarras, consiguiendo uno de los momentos álgidos de la noche, cuando el público demostró recibir con el mismo entusiasmo los temas nuevos  que los clásicos.  Tras ella, y siguiendo el track list del disco, ‘Dream on’ sonó rebosante de fuerza, algo que ocurrió de igual manera, cambiando músculo por  delicadeza, con ‘If i had a gun’, una balada marca de la casa que conmovió sin apenas esfuerzo. Tras ellas, tiempo para ‘The good rebel’, la mejor cara b de su nuevo trabajo, deudora directa del clásico beatle ‘Rain’. La maravillosa ‘The death of you and me’ mantuvo intacto su encanto mientras que la inédita ‘Freaky teeth’ ofrece más que esperanza ante el futuro inmediato del de Manchester.  Lo que ocurrió después bien merece un párrafo aparte.

Un concierto, además de  buen sonido y comunión con el público, debe ofrecer, al menos en su aspiración de ser inolvidable, momentos que justifiquen una entrada, instantes de esos que dentro de unos años todavía pongan los pelos de punta. Noel Gallagher, con la única compañía de su acústica y un piano eléctrico, interpretó ‘Wonderwall’ y ‘Supersonic’, con la emoción de alguien que parece presentar sus canciones al mundo por primera vez. La cuestión es que se trata de dos obras maestras atemporales, generacionales, guindas de los dos mejores pasteles que este artesano de la canción ha preparado en su carrera, es decir, ‘(What’s the story)Morning Glory’ y ‘Definitely Maybe’, respectivamente. Momento que, a pesar de durar diez minutos, se convierte en eterno, en nudo en la garganta, en magia pura. Después de secar las inevitables lágrimas, ‘(I wanna live in a dream) In my record machine’ nos recordó porque Noel está considerado como uno de los grandes compositores de estribillos de su generación, una épica que en ‘Aka…What a life’, la más innovadora de su debut en solitario, a punto estuvo de desaparecer por un sonido saturadísimo que, afortunadamente, desapareció con la conmovedora versión de ‘Talk tonight’. 100×100 Kinks sonó ‘Soldier Boys and Jesus Freaks’ que,  junto a la cautivadora ‘Aka…Broken Arrow’, apaciguó ligeramente los ánimos de un público que volvió a cantar a pleno pulmón con ‘Half the world away’, la mejor cara b que haya firmado Noel jamás. A continuación, ‘Stranded on the worng beach’ finalizó con rock del bueno el primer tramo de concierto.

Y llegaron los bises. Un servidor intentará controlar la efusividad y la pasión desbordada a la hora de describir, del modo más objetivo posible, un final de concierto como el que se nos venía encima. Citar las tres canciones que le dieron forma, en este orden, ‘Little by little’, ‘The importance of being idle’ y ‘Don,t look back in anger’, debería bastar para que quién lea estas líneas sea consciente de que, en esos veinte minutos, no existía un lugar mejor donde estar, que la épica desmedida, el abrazo rendido al compañero/a de concierto mientras se entonaba con devoción cada una de las estrofas, suponía el punto y final perfecto a una noche que dejó sin argumentos al más exigente. Si la primera de ellas se elevó hasta el infinito y la memorable melodía de la segunda contagió a toda alma presente, lo que ocurrió con ‘Don,t look back in anger’ convierte en imposible el ejercicio crítico. La magia, la emoción y el éxtasis vivido durante la interpretación de LA CANCIÓN de Noel Gallagher por antonomasia es una experiencia que, sencillamente, hay que vivir, sentir como la piel, la garganta y el corazón se alza al entonar su inolvidable estribillo. Repito, hay que vivirlo.

Un punto y final que, utilizando la paradoja más poética, se convirtió en inicio. Una vez vividas las sensaciones tocaba empezar a guardar cada momento en la memoria. Noel Gallagher había despejado toda duda, sembrando la certeza de que  su supuesta falta de carisma se suple, de sobra, con canciones. Nunca ha cantado tan bien como ahora. Nunca se ha sentido tan liberado como hasta ahora. Sigue componiendo temas tan memorables como siempre, sin dejar de mirar al pasado con orgullo. Y el frío a la salida de La Riviera (3 grados) no consiguió aplacar ese cosquilleo en el estómago. Esa sensación que uno, ante su ignorancia real, solamente alcanza a relacionar con la que se debe sentir al volar. Esas lágrimas de emoción en los ojos. Esos gritos. Esos aplausos. Lo dicho, el final fue el principio.

Fotos: Marina Conesa

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Posted in: Conciertos